Hay futbolistas que marcan épocas con sus goles. Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira —conocido simplemente como Sócrates— marcó la suya con algo mucho más difícil: una idea.
Entre 1982 y 1984, este mediocampista del Corinthians de São Paulo lideró uno de los experimentos sociales más insólitos del deporte mundial: la Democracia Corinthiana. Un proyecto que convirtió a un club de fútbol en un laboratorio de participación colectiva en plena dictadura militar brasileña.
¿Qué fue la Democracia Corinthiana?
La Democracia Corinthiana fue un modelo de autogestión en el que todos los miembros del club —jugadores, utileros, cocineros y administrativos— tenían voz y voto en las decisiones del equipo. Desde la contratación de jugadores hasta el horario de los entrenamientos, todo se decidía en asamblea.
Una persona, un voto. Sin importar el salario ni la fama.
Para entender la magnitud de esto, hay que recordar el contexto: Brasil vivía bajo una dictadura militar desde 1964. La participación ciudadana estaba reprimida, la libertad de expresión era un privilegio peligroso y la jerarquía era la norma en todos los espacios de la vida pública. Que ocurriera precisamente dentro de un club de fútbol —el deporte más popular del país— lo convertía en un acto político de primer orden.

Sócrates: mucho más que un número 8
Sócrates no era un activista disfrazado de futbolista. Era, genuinamente, las dos cosas a la vez. Estudió medicina mientras jugaba profesionalmente y se recibió de médico en plena actividad deportiva. Leía a Marx, a Gramsci, a Sartre. Y fumaba, bebía y jugaba al fútbol con una elegancia pausada que desafiaba todos los manuales.
Dentro del campo, su figura era inconfundible: casi 1,93 metros de altura, zurdo, con una visión de juego excepcional y un toque de balón que parecía ralentizar el tiempo. Fuera de él, era el cerebro ideológico de un movimiento que trascendió el deporte.
Un experimento que incomodó al poder
La Democracia Corinthiana funcionó. El equipo ganó el Campeonato Paulista en 1982 y 1983. Pero su mayor logro no estaba en la tabla de posiciones: estaba en demostrar que otra forma de organización era posible.
Las autoridades del fútbol brasileño y sectores conservadores miraron el experimento con desconfianza. No era fácil ignorar que un club estaba modelando, en pequeña escala, la democracia que el país aún no tenía.
El propio Sócrates llegó a vincular el futuro del proyecto a la aprobación de las Diretas Já, el movimiento popular que exigía elecciones directas en Brasil. Cuando la enmienda fue rechazada en 1984, Sócrates cumplió su promesa y se fue a jugar a Italia, al Fiorentina. La Democracia Corinthiana se disolvió poco después.

Un legado que el tiempo no borró
Sócrates murió el 4 de diciembre de 2011, a los 57 años, por complicaciones derivadas de una infección intestinal. Brasil perdió ese día a uno de sus intelectuales más lúcidos, aunque muchos aún lo recuerden solo por sus pases de taco.
Su legado, sin embargo, sigue vigente. La Democracia Corinthiana es hoy estudiada en universidades, citada en debates sobre gestión horizontal y recordada como prueba de que el fútbol puede ser algo más que un espectáculo.
En un mundo donde los clubes cotizan en bolsa y los jugadores son activos financieros, la historia de Sócrates suena casi utópica. Quizás por eso sigue siendo tan necesaria.
